viernes, 19 de junio de 2009

A quemarropa ...


Le disparo a quemarropa.

Fueron al menos mil besos… suaves, tibios y húmedos; juguetones, insinuantes y sugestivos; intensos, extensos, apasionados; tiernos, dulces, sutiles; lujuriosos, impúdicos, indecentes; inquisitivos y suspicaces; incitantes y excitantes; cargados de erotismo; mágicos, místicos, épicos; provocadores, adictivos, capaces de arrebatar la razón.

Al menos mil besos, disparados a quemarropa sobre una piel desnuda, ansiosa, hambrienta, expectante. Una piel dispuesta, abierta al goce, necesitada de nuevas sensaciones. Mil besos disparados a quemarropa y sin piedad, esa noche oscura del mes de junio, en medio de un callejón sin salida, en el centro de la ciudad.

El amanecer trajo consigo la calma. No se encontró un solo sitio en el cuerpo de la mujer que no hubiera sido alcanzado por los besos. Los labios de su amante desencadenaron una avalancha incontrolable de pasión que la condujo a la muerte en medio de un gran orgasmo.

A partir de aquel día, con la caída del sol, el aullido incesante de unos labios huérfanos de amor, anuncia la llegada de una andanada de besos, disparada sin piedad sobre la piel de una sombra, que resucita ávida de placer, encarnada en el cuerpo de esa mujer.