domingo, 26 de julio de 2009

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (VIII)


Arnau de Vilanova, para algunos autores, el médico más importante del mundo latino medieval y un líder político religioso de la época, fue autor de numerosos tratados y documentos académicos y científicos en cada una de estas áreas. En el ámbito médico, se destacan sus publicaciones relacionadas con la educación médica, la farmacología clínica, la medicina interna y la alquimia.

Uno de los documentos más conocidos de Vilanova, es el titulado “Cautelas de los médicos”, un ensayo que recoge variados consejos y recomendaciones relacionadas con la práctica de la medicina en el siglo XIII, el cual se transcribe a continuación:

“Médico, cuando seas llamado por un enfermo, pon tu confianza en el nombre del Señor. El Ángel Custodio acompañe interiormente el afecto de tu alma y la partida de tu cuerpo. Procura informarte desde el principio, por medio del que fue enviado a avisarte, hasta cuándo ha trabajado el enfermo y de qué modo le invadió la enfermedad, para que, inquiriendo los síntomas, te certifiques, a ser posible, de la
naturaleza de la afección.

Todo esto es necesario, porque después de haber visto la materia y la orina, así como la disposición del pulso, puede ocurrir que no conozcas la enfermedad; pero si relatas sus síntomas al enfermo, confiará en tí como en el autor de la salud. Por ello ha de ponerse todo el empeño en conocer los síntomas.

Cuando llegues a la casa, antes de acercarte al enfermo, entérate si ha confesado, y si no lo hizo, que se confiese enseguida, o que te prometa confesar cuanto antes. Esto no es ningún abuso, pues muchas enfermedades acaecen a causa de los pecados, y borradas las manchas con lágrimas de compunción, son curadas por el Supremo Médico; según aquello que se dice en el Evangelio: "Vete y no peques más, no vaya a sucederte algo peor".

Al entrar en la habitación del enfermo, no muestres rostro soberbio, ni ojos ávidos, y a los que se levantan y te saludan, tú, igualmente, con gesto humilde, devuélveles el saludo. Cuando hagan ademán de sentarse, siéntate también, vuelto hacia el enfermo; pregúntale cómo se encuentra y dile que saque el brazo.

Lo que acabo de decir es necesario para que en todos tus modales tengas en cuenta la categoría de los que están presentes. Y como tu fuerza vital está perturbada por el esfuerzo del camino y la del enfermo por la alegría de tu llegada, o porque, con avaricia, piensa ya en el precio que le has de pedir, tanto por culpa tuya como por culpa del enfermo el pulso se hace variable e impetuoso.

Cuando haya cesado ese movimiento de los espíritus en una y otra parte, toma el pulso en el brazo izquierdo, pues aunque también podría hacerse en el derecho, sin embargo se percibe mejor el movimiento del corazón en el brazo izquierdo, a causa de su proximidad.

Procura que el enfermo no esté acostado sobre el lado derecho, porque la compresión impediría el movimiento de los espíritus, y cuida de que no tenga los dedos extendidos ni tampoco el puño apretado. Y tú, mientras con la mano derecha oprimes con los dedos, con tu mano izquierda sostén el brazo, porque así percibirás con mayor sensibilidad y más fácilmente los diversos y varios movimientos del pulso, y porque el enfermo, por su debilidad, precisa el apoyo de tu brazo.

Debes considerar el pulso, por lo menos, hasta la centésima percusión, para que puedas darte cuenta de todos los detalles de la pulsación, y para que los circunstantes, pasada tan larga espera, reciban con deseo tus palabras.

Finalmente, ordena que traigan la orina, que si la alteración del pulso es señal de
enfermedad, la orina significa mejor el género de la misma, y así podrás determinar y conocer la afecci6n, no sólo por la orina, sino también por el pulso.

Examina despacio la orina, observa su color, sustancia y cantidad, así como su contenido, de cuyas variedades conocerás las diversas clases de enfermedades, como se enseña en el tratado de las orinas. Después, al enfermo, que está pendiente de tu boca, le prometerás la salud. Pero cuando te apartes de él, dirás a los parientes que el enfermo ha de padecer mucho. Pues así, si sale liberado del trance, obtendrás mayor crédito y alabanza, y si muere, testificarán sus amigos que ya habías desesperado de él.

Una cosa te amonesto, y es que no mires con ojo malo ni concupiscente a sierva, hija o mujer-, que no caigas en los lazos de las mujeres. Pues tales cosas ciegan el ánimo del médico, le hacen gravoso al enfermo y éste tiene entonces menos confianza en él. Has de ser, por consiguiente, afable en las conversaciones, diligente y cuidadoso en las operaciones medicinales, esperando la ayuda del Señor, y en todo te has de conducir sin engaño.

Cuando fueras invitado a comer, no te entrometas inoportunamente, ni ocupes el primer lugar de la mesa, aunque suela reservarse este puesto para el sacerdote y el médico. No desprecies ninguna bebida, ni muestres enojo porque hayas de saciar tu estómago hambriento, al modo de los rústicos, con pan de mijo, al que no estabas acostumbrado.

Pues si obras así, tu espíritu quedará tranquilo. Aún cuando tu mente estuviera ocupada por la variedad de los manjares, procura informarte con frecuencia, por medio de alguno de los asistentes, del estado del paciente. Pues si así lo haces el enfermo tendrá mucha confianza en tí, pues verá que ni en medio de las delicias puedes olvidarle.

Cuando te levantes de la mesa y entres en el cuarto del enfermo, di que has sido atendido magníficamente, de lo que el paciente se alegrará mucho, pues habrá estado preocupado por ello. Si fuera lugar o tiempo oportuno de dar alimento al enfermo, se lo darás tú mismo. Pero conviene que le señales el momento oportuno de las comidas.

Esto es: en las fiebres intermitentes, cuando está en verdadera quietud; en las continuas, en el momento en que haya cierto reposo, el cual no se encuentra hasta la declinación crítica de la fiebre. En las intermitentes debe comer bastante antes del tiempo de la aflicción o del proceso febril, para que cuando llegue éste se encuentre el alimento totalmente digerido.

De otro modo se enfrentaría la naturaleza con una doble lucha, incapaz de digerir la materia ingerida y sin poder superar la enfermedad enemiga. En cambio, si la fiebre comienza a declinar, deja pasar dos horas, o por lo menos una, después de haber cesado la acción febril, pues los miembros están fatigados por la pasada batalla contra los ataques de aquel enemigo, y no se les debe imponer ninguna carga de alimento, ya que después del triunfo sobre el enemigo desean reposo.”