sábado, 11 de julio de 2009

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (III)

Documentos del siglo III A.C., recogen interesantes reflexiones acerca de la conducta y la apariencia del médico:

“El prestigio del médico exige de él que tenga buen color y un aspecto sano acorde con su propia naturaleza. Pues el común de la gente opina que los que carecen de esa condición física no pueden tratar convenientemente a los demás. En segundo lugar, que presente un aspecto aseado, vaya bien vestido y se perfume con ungüentos olorosos, con un perfume que no sea en modo alguno sospechoso. Esto, en verdad, complace mucho a los enfermos.

Por otra parte, el discreto debe atender, en el aspecto moral, a las siguientes actitudes: no sólo ser reservada, sino llevar una vida morigerada, pues ello contribuye mucho a su prestigio. Ser, además, un perfecto caballero en su comportamiento, y, por ende, mostrarse grave y afable con todo el mundo. Pues la ligereza y la precipitación, aunque a veces pueden resultar útiles, suelen provocar el menosprecio.

Debe procurar, además, tener libertad de acción, pues cuando las mismas cosas se ofrecen raramente a las mismas personas, suele producirse una reacción favorable. En lo que concierne al semblante, que su rostro muestre seriedad, aunque no un aire desabrido, pues este gesto suele interpretarse como arrogancia y descortesía. En cambio, el que es propenso a la risa y a mostrar excesiva hilaridad suele ser juzgado como un hombre vulgar.”

Y ese defecto debe evitarse al máximo. En todo trato, debe mostrarse leal, pues la lealtad puede ser un gran aliado. Es grande la intimidad entre médico y paciente; y, en efecto, éste se le confía ciegamente, en tanto que aquél tiene constante relación con mujeres y doncellas, y con objetos de mucho valor, por tanto, debe comportarse en todos estos casos con un gran control de sí mismo. Tales deben ser, en resumen, sus cualidades físicas y morales.