viernes, 31 de julio de 2009

El derecho a una muerte digna


Las campañas de publicidad, si son buenas, dejan en la memoria un recuerdo que permanece incluso cuando se olvida el producto concreto que promocionaban. Algo parecido ocurre con el concepto “muerte digna”, que aunque tiene un rico significado sin embargo en nuestra sociedad alude sólo a la práctica de la eutanasia.

Así por ejemplo, asociaciones que enarbolan como bandera “la muerte digna”, lo que están haciendo es defender la normalidad de la eutanasia y por tanto la conveniencia de su legalización, como ellas mismas manifiestan. Por eso es necesario, como en el caso del aborto, abordar estos mensajes con un mínimo de sentido crítico.

Podría parecer que sólo una ley de eutanasia permite resolver la dignidad del morir humano. Pero el problema es mucho más amplio, y reducirlo a la existencia de una legislación, enmascara totalmente la cuestión. Para empezar, el mismo hecho de morir no tiene en sí ninguna dignidad.

Es más, a nadie nos gusta tener que pasar por ello. Preferiríamos desaparecer, o entrar en la vida eterna, sin tener que morir. Ahora bien, puesto que tenemos que pasar por ello, corresponde a un obrar digno el encontrarle algún sentido dentro de la propia existencia. Vivir sin tener en cuenta el morir, parece que da poca dignidad al mismo vivir porque no afronta humanamente esta situación personal de la que vamos a ser protagonistas. Por esto, para fomentar en la sociedad la muerte digna, convendría recordar con más frecuencia las diversas respuestas que en la historia de los hombres se han dado a la muerte. La antropología, precisamente, reconoce al ser humano frente al animal, por los ritos funerarios que manifiestan la apertura a la trascendencia.

Morir humanamente, requiere ser tratado como ser humano también en esos momentos. Y lo que más necesitamos cualquier ser humano para ser felices, es sentirnos queridos por alguien. La organización de la asistencia sanitaria no debe olvidar esta necesidad de compañía familiar o de amistad, para establecer la asistencia médica de forma que posibilite la cercanía de los seres queridos. Los seres humanos no debemos olvidar la obligación moral, de acompañar a nuestros enfermos.

También se debería considerar la asistencia religiosa al paciente. Si es ateo no la pedirá, pero si tiene cualquier religión es fácil que la desee. La presencia del personal religioso forma parte de ese tratar respetando la dignidad del morir. Sería un absurdo disponer las cosas obligando a las personas a morir como gente sin religión.

Pero no nos fijemos solamente en ese momento. La persona débil, anciana, enferma, o discapacitada, tiende a ser muy sensible a la valoración que hacen de ella los demás. Tratar con dignidad a estas personas supone mostrar con los gestos que para nosotros no son una carga, sino una ocasión de manifestar el amor.

La ayuda del fuerte o del sano, no es lo más valioso. El don está en la ocasión de obrar como personas humanas que los débiles nos ofrecen. La experiencia en los poquísimos países de todo el mundo, tan sólo tres, que han legalizado la eutanasia, es que la misma posibilidad de que se practique, hace que la mayoría de los enfermos y ancianos se sienten moralmente presionados por la ley para evitar ser un peso para los demás.

Decir, o pensar, que no se va a obligar a nadie a pedir la eutanasia, es cerrar los ojos a lo que está enseñando la realidad social. A semejanza de lo que ocurre con el aborto, una sociedad que deja solos a sus débiles porque no son eficaces o útiles, o porque no producen beneficios sino gastos, acaba siendo una sociedad donde el reconocimiento de la dignidad humana deja mucho que desear.

Es cierto que el hombre en los inicios de su existencia y en su final requieres bastantes recursos, sobre todo sanitarios, pero pertenece a la justicia y a la paz social que la comunidad se los proporcione. En el caso de la terminación de la vida, la política sanitaria tiene todavía mucho que hacer.

La formación del personal sanitario en los temas del dolor, todavía es muy escasa: hay mucho sufrimiento en enfermos que se podría evitar, y no se está evitando. Un gran descubrimiento reciente ha sido la medicina paliativa. Su existencia comienza a divulgarse, pero, tanto entre el personal sanitario como entre los pacientes, todavía se aplica muy poco. Es cierto que los presupuestos que se están dedicando a esta medicina están creciendo, pero todavía son muy escasos. Quizá sería conveniente que se dedicasen recursos para campañas publicitarias para dar a conocer la medicina paliativa.

El tratar al enfermo de modo que pueda tener una muerte digna, como se ve, no se resuelve con promover una ley de eutanasia. Hay muchas cosas que hacer antes de que ni siquiera nos planteemos permitir matar, o ayudar a que se maten.

Cooperación Médica al Suicidio en Pacientes Terminales: Nuevos elementos para el debate


En Suecia se está debatiendo la posibilidad de legalizar el suicidio con cooperación médica, a raíz de un memorando que el Consejo de Ética Médica entregó al Gobierno, pidiendo que se estudie la posibilidad de “asistencia médica a la libre elección de la muerte”, es decir, quiere que se examine la posibilidad de que los médicos cooperen con los pacientes gravemente enfermos que quieren terminar con su vida.

Este memorando ha hecho que la mayoría de los suecos expresen lo que piensan. Entre ellos, el obispo católico Anders Arborelius comentaba en una carta a la prensa que permitir esto significaría un giro ético brutal en la forma de considerar a los enfermos y moribundos, que son los que más necesitan nuestra proximidad, nuestra atención y la garantía de que no vamos a darles la espalda.

Una sociedad que no escatima cuidados a los pacientes al final de su vida demuestra que se preocupa por todas las personas, tanto débiles como fuertes. Una sociedad que permite que los médicos, en lugar de asistir a sus pacientes, les ayuden a suicidarse, da señales de que ha renunciado a los esfuerzos para proporcionar una atención óptima.

Las leyes y decisiones reflejan nuestros valores, advierte Monseñor Arborelius. Si la sociedad da luz verde para cometer suicidio cuando se está gravemente enfermo, refleja que la vida de un enfermo de gravedad no vale la pena vivirse. ¿Qué mensaje transmite a otros gravemente enfermos? ¿A las personas con discapacidad? ¿A aquellos que se encuentran al final de su vida?

Esas personas ¿desean realmente suicidarse? ¿Quieren morir? ¿O es que experimentan que están siendo una carga para sus seres queridos? Como seres humanos y como sociedad, hay que dedicar todas las energías para tratar de entender el porqué de una petición de suicidio, de manera que podamos ayudar.
Uno se hace médico para proporcionar a los pacientes la mejor atención posible y para ayudar a la gente a vivir, no para ayudarles a suicidarse, subraya el obispo. La sociedad no debe exigir a los médicos que participen en el suicidio legal asistido. El suicidio asistido significa, aunque se usen palabras grandilocuentes para amortiguar el hecho, que el médico comparte la responsabilidad del suicidio.

Otras voces que se oyen en este debate son lógicamente las de los mismos médicos. En una encuesta realizada entre 1.200 médicos suecos, el 35% se mostró favorable al suicidio asistido, el 40% se opuso, mientras que el resto están indecisos.

Los más inclinados a esta propuesta son psiquiatras y médicos con muchos años en la profesión. Sin embargo, para Niels Lynöe, profesor de ética del Karolinska Institutet (KI) en Estocolmo, ha sido una proporción inesperadamente alta la de los médicos que están dispuestos a cooperar en suicidios. “Habíamos creído que la resistencia sería mayor dentro de la profesión médica”, comentó Anna Lindblad del KI, donde se realizó el estudio.

Lynöe está convencido de que ya hoy una serie de médicos suecos recetan fármacos que pueden causar la muerte a enfermos graves que quieren suicidarse, aunque esto no es posible verificarlo.
Y la respuesta entre el público en general ha sido aún más permisiva. En una encuesta recientemente realizada por la revista Focus, por ejemplo, el 47% de los suecos apoya la eutanasia activa.

domingo, 26 de julio de 2009

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (IX)


Thomas Percival, cirujano Inglés (1740-1804) fue el fundador del colegio profesional de médicos, cirujanos y farmacéuticos a quien se atribuye el mérito de haber escrito un código de ética (1791) donde definía el rol del profesional, la relación terapéutica, la relación entre los colegas y la relación de estos con el Estado, lo cual era sin lugar a dudas un código relativo a la conducta profesional.

El planteamiento central del código de Percival era que para ser buen médico había que ser buena persona, siendo un código de corte paternalista donde el médico era visto como figura de autoridad lo cual era la causa de que el paciente sintiera confianza, gratitud y respeto. Percival coloca en la confianza que el médico recibe de la sociedad un compromiso de éste en retribuir con obligaciones y buenas relaciones entre los médicos y con las demás profesiones afines.

A continuación se transcribe la dedicatoria que hace Thomas Percival a su hijo del libro publicado con el título "Medical Ethics or a Code of Institutes and Precepts”, en el año 1803.

A: E.C. Percival

Permíteme, mi hijo querido, ofrecerte este pequeño Manual de Ética Médica. Durante su composición, mis pensamientos se dirigían hacia tu difunto y excelente hermano, con el más tierno impulso de amor paternal: Mas ni una sola de las reglas morales fue forjada sin una secreta mirada puesta en su graduación; y un ansioso deseo de que pudiese influenciar su conducta futura.

A ti, que posees, no en menor grado, mi estima y devoción, que prosigues los mismos estudios y con los mismos objetivos, se transfieren naturalmente mis afanes. Y estoy persuadido de que estas consideraciones, unidas, operarán poderosa y permanentemente sobre tu ingeniosa mente.

Es característica de un hombre sabio de actuar de acuerdo a determinados principios; y de un hombre bueno el asegurarse que éstos sean correspondientes a la rectitud y a la virtud. Las relaciones en las que se encuentra un médico frente a sus pacientes, a sus hermanos y al público son complicadas y diversas, comprendiendo gran conocimiento de la naturaleza humana y muchas obligaciones morales.

El estudio de la Etica profesional, por lo tanto, te ayudará a vigorizar y ampliar tu entendimiento; mientras que la observación de las obligaciones en ella implícitas, suavizarán tus modales, engrandecerá tus sentimientos y te formará con la propiedad y dignidad de conducta esenciales al carácter de un caballero.

Las ventajas académicas que gozaste en Cambridge y las que tienes ahora en Edinburgh, te calificarán, confío, para una esfera de acción amplia y honorable. Y oro con devoción para que la bendición de Dios te asista en todas tus prácticas, poniéndolas al mismo tiempo al servicio de tu propia felicidad y al bien de tus semejantes.

Consciente de que comienzo a experimentar la presión del paso de los años, veo la presente publicación como la conclusión de mis labores profesionales. Puedo entonces con decoro reclamar el derecho de consagrártelas corno legado paternal. Y siento cordial satisfacción al así testimoniar la estima y ternura con que, mientras subsista la vida, continuaré siendo, Tu afectuoso amigo,

Thomas Percival

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (VIII)


Arnau de Vilanova, para algunos autores, el médico más importante del mundo latino medieval y un líder político religioso de la época, fue autor de numerosos tratados y documentos académicos y científicos en cada una de estas áreas. En el ámbito médico, se destacan sus publicaciones relacionadas con la educación médica, la farmacología clínica, la medicina interna y la alquimia.

Uno de los documentos más conocidos de Vilanova, es el titulado “Cautelas de los médicos”, un ensayo que recoge variados consejos y recomendaciones relacionadas con la práctica de la medicina en el siglo XIII, el cual se transcribe a continuación:

“Médico, cuando seas llamado por un enfermo, pon tu confianza en el nombre del Señor. El Ángel Custodio acompañe interiormente el afecto de tu alma y la partida de tu cuerpo. Procura informarte desde el principio, por medio del que fue enviado a avisarte, hasta cuándo ha trabajado el enfermo y de qué modo le invadió la enfermedad, para que, inquiriendo los síntomas, te certifiques, a ser posible, de la
naturaleza de la afección.

Todo esto es necesario, porque después de haber visto la materia y la orina, así como la disposición del pulso, puede ocurrir que no conozcas la enfermedad; pero si relatas sus síntomas al enfermo, confiará en tí como en el autor de la salud. Por ello ha de ponerse todo el empeño en conocer los síntomas.

Cuando llegues a la casa, antes de acercarte al enfermo, entérate si ha confesado, y si no lo hizo, que se confiese enseguida, o que te prometa confesar cuanto antes. Esto no es ningún abuso, pues muchas enfermedades acaecen a causa de los pecados, y borradas las manchas con lágrimas de compunción, son curadas por el Supremo Médico; según aquello que se dice en el Evangelio: "Vete y no peques más, no vaya a sucederte algo peor".

Al entrar en la habitación del enfermo, no muestres rostro soberbio, ni ojos ávidos, y a los que se levantan y te saludan, tú, igualmente, con gesto humilde, devuélveles el saludo. Cuando hagan ademán de sentarse, siéntate también, vuelto hacia el enfermo; pregúntale cómo se encuentra y dile que saque el brazo.

Lo que acabo de decir es necesario para que en todos tus modales tengas en cuenta la categoría de los que están presentes. Y como tu fuerza vital está perturbada por el esfuerzo del camino y la del enfermo por la alegría de tu llegada, o porque, con avaricia, piensa ya en el precio que le has de pedir, tanto por culpa tuya como por culpa del enfermo el pulso se hace variable e impetuoso.

Cuando haya cesado ese movimiento de los espíritus en una y otra parte, toma el pulso en el brazo izquierdo, pues aunque también podría hacerse en el derecho, sin embargo se percibe mejor el movimiento del corazón en el brazo izquierdo, a causa de su proximidad.

Procura que el enfermo no esté acostado sobre el lado derecho, porque la compresión impediría el movimiento de los espíritus, y cuida de que no tenga los dedos extendidos ni tampoco el puño apretado. Y tú, mientras con la mano derecha oprimes con los dedos, con tu mano izquierda sostén el brazo, porque así percibirás con mayor sensibilidad y más fácilmente los diversos y varios movimientos del pulso, y porque el enfermo, por su debilidad, precisa el apoyo de tu brazo.

Debes considerar el pulso, por lo menos, hasta la centésima percusión, para que puedas darte cuenta de todos los detalles de la pulsación, y para que los circunstantes, pasada tan larga espera, reciban con deseo tus palabras.

Finalmente, ordena que traigan la orina, que si la alteración del pulso es señal de
enfermedad, la orina significa mejor el género de la misma, y así podrás determinar y conocer la afecci6n, no sólo por la orina, sino también por el pulso.

Examina despacio la orina, observa su color, sustancia y cantidad, así como su contenido, de cuyas variedades conocerás las diversas clases de enfermedades, como se enseña en el tratado de las orinas. Después, al enfermo, que está pendiente de tu boca, le prometerás la salud. Pero cuando te apartes de él, dirás a los parientes que el enfermo ha de padecer mucho. Pues así, si sale liberado del trance, obtendrás mayor crédito y alabanza, y si muere, testificarán sus amigos que ya habías desesperado de él.

Una cosa te amonesto, y es que no mires con ojo malo ni concupiscente a sierva, hija o mujer-, que no caigas en los lazos de las mujeres. Pues tales cosas ciegan el ánimo del médico, le hacen gravoso al enfermo y éste tiene entonces menos confianza en él. Has de ser, por consiguiente, afable en las conversaciones, diligente y cuidadoso en las operaciones medicinales, esperando la ayuda del Señor, y en todo te has de conducir sin engaño.

Cuando fueras invitado a comer, no te entrometas inoportunamente, ni ocupes el primer lugar de la mesa, aunque suela reservarse este puesto para el sacerdote y el médico. No desprecies ninguna bebida, ni muestres enojo porque hayas de saciar tu estómago hambriento, al modo de los rústicos, con pan de mijo, al que no estabas acostumbrado.

Pues si obras así, tu espíritu quedará tranquilo. Aún cuando tu mente estuviera ocupada por la variedad de los manjares, procura informarte con frecuencia, por medio de alguno de los asistentes, del estado del paciente. Pues si así lo haces el enfermo tendrá mucha confianza en tí, pues verá que ni en medio de las delicias puedes olvidarle.

Cuando te levantes de la mesa y entres en el cuarto del enfermo, di que has sido atendido magníficamente, de lo que el paciente se alegrará mucho, pues habrá estado preocupado por ello. Si fuera lugar o tiempo oportuno de dar alimento al enfermo, se lo darás tú mismo. Pero conviene que le señales el momento oportuno de las comidas.

Esto es: en las fiebres intermitentes, cuando está en verdadera quietud; en las continuas, en el momento en que haya cierto reposo, el cual no se encuentra hasta la declinación crítica de la fiebre. En las intermitentes debe comer bastante antes del tiempo de la aflicción o del proceso febril, para que cuando llegue éste se encuentre el alimento totalmente digerido.

De otro modo se enfrentaría la naturaleza con una doble lucha, incapaz de digerir la materia ingerida y sin poder superar la enfermedad enemiga. En cambio, si la fiebre comienza a declinar, deja pasar dos horas, o por lo menos una, después de haber cesado la acción febril, pues los miembros están fatigados por la pasada batalla contra los ataques de aquel enemigo, y no se les debe imponer ninguna carga de alimento, ya que después del triunfo sobre el enemigo desean reposo.”

viernes, 24 de julio de 2009

Sólo quiero saber ...

No me interesa saber como te ganas la vida. Quiero saber lo que ansías, y si te atreves a soñar con encontrar lo que tu corazón anhela.

No me interesa tu edad. Quiero saber si te arriesgarías a parecer tonta por amor, por tus sueños, por la aventura de estar viva.

No me interesa qué planetas están en cuadratura con tu Luna. Quiero saber si has llegado al centro de tu propia tristeza, si las traiciones de la vida te han abierto o si te has marchitado y cerrado por miedo a nuevos dolores.

Quiero saber si puedes vivir con el dolor, el mío o el tuyo, sin tratar de disimularlo, de atenuarlo ni de remediarlo.

Quiero saber si puedes experimentar con plenitud la alegría, la mía o la tuya, si puedes bailar con frenesí y dejar que el éxtasis te penetre hasta el fondo de tu ser, sin que tu prudencia nos llame a ser cuidadosos, a ser realistas, o a recordar limitaciones propias de nuestra condición humana.

No me interesa saber si lo que me cuentas es cierto. Quiero saber si decepcionarías a otra persona por ser fiel a ti misma; si podrías soportar la acusación de traición y no traicionar tu propia alma.

Quiero saber si puedes ver la belleza, aún cuando no sea agradable, cada día, y si puedes hacer que tu propia vida surja de su presencia.

Quiero saber si puedes vivir con el fracaso, el tuyo y el mío, y de pie a la orilla del lago gritarle a la plateada forma de la luna llena: ¡Sí!.

No me interesa saber dónde vives ni cuánto dinero tienes. Quiero saber si puedes levantarte después de una noche de aflicción y desesperanza, agotada y magullada hasta los huesos, y hacer lo que sea necesario para ayudar, alentar y animar a los demás.

No me interesa saber a quién conoces ni cómo llegaste hasta mí. Quiero saber si te quedarás en el centro del fuego conmigo y no lo rehuirás.

No me interesa saber ni dónde ni cómo ni con quién estudiaste. Quiero saber lo que te sostiene desde el interior, cuando todo lo demás se derrumba.

Quiero saber si puedes estar sola contigo misma y si en verdad aprecias tu propia compañía en los momentos de vacío.

martes, 21 de julio de 2009

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (VII)


PRIMERA REGLAMENTACION DE LA TITULACION Y LA ENSEÑANZA MÉDICAS

Federico II de Sicilia

Constituciones regni Siciliae (1231)

Teniendo en cuenta la gran pérdida y el daño irreparable que puede venir de la impericia de los médicos, disponemos que, en adelante, ningún aspirante al título de médico se atreva a ejercer o a curar a no ser que, tras haber sido aprobado por un tribunal público de maestros de Salerno, se presente con documentos testimoniales de rectitud y de suficientes conocimientos, tanto de los maestros como de nuestras autoridades, ante nuestra presencia o, si estamos ausentes del reino, ante la presencia del que permanezca en el reino en nuestra representación, y consiga de Nos o de él licencia para ejercer la medicina. Los que se atrevan a ejercer desde ahora en contra de este edicto de Nuestra Serenidad incurrirán en la pena de confiscación de bienes y un año de cárcel.

Novae Constituciones regni Siciliae (1240)

Como no se puede saber medicina si no se tienen antes algunos conocimientos de lógica, disponemos que nadie estudie medicina si previamente no ha cursado al menos tres años de lógica. Después de este trienio comience, si lo desea, a estudiar medicina. Y del mismo modo, que estudie cirugía, que es una parte de la medicina, a continuación del período indicado...

Transcurridos cinco años (de estudio), no ejercerá la profesión sin haber practicado antes durante todo el año bajo el consejo de un médico experto. Durante el quinquenio citado, los maestros explicarán en las escuelas textos originales de Hipócrates y de Galeno, tanto de medicina teórica como práctica. Para favorecer la salud, disponemos también que no se permita ejercer a ningún cirujano si no presenta documentos de maestros que enseñen medicina, que testimonien que ha estudiado al menos un año la parte de la medicina relativa a las cuestiones quirúrgicas, y, sobre todo, que ha aprendido en las escuelas anatomía humana y que tiene buena preparación en esta parte de la medicina, sin la cual no se pueden realizar operaciones con provecho para el enfermo ni curar las heridas.

Ética y Deontología Médica: Una aproximación histórica (VI)


Moshé Ben Maimón, más conocido, desde el Renacinimiento como Maimónides (El hijo de Mamón), tuvo una gran importancia como filósofo, religioso y médico, en la época medieval.

En este último campo, se destacó por sus logros en el campo asistencial y por numerosas publicaciones médicas, incluyendo el “Tratado sobre los venenos y sus antídotos” y la “Guía de la Buena Salud”, siéndole atribuidos una gran cantidad de milagros, lo cual lo elevó para algunos a la categoría de un santo.

El siguiente texto, conocido como “Plegaria del Médico”, que data del período comprendido entre 1165 y 1190, recoge de forma admirable, la esencia del pensamiento médico y humanístico de Maimónides y los principios más importantes de la relación existente entre medicina, filosofía y religión.

"Dios Todopoderoso. Tú has creado el cuerpo humano con infinita sabiduría. Diez mil veces, diez mil órganos Tú has combinado en él, los cuales actúan sin cesar y armoniosamente para preservar él todo en su belleza -el cuerpo que es la envoltura del alma inmortal-. Siempre trabajan en perfecto orden, acuerdo y consentimiento. Sin embargo, cuando la fragilidad de la materia o el desenfrenamiento de las pasiones trastornan este orden o interrumpe este acuerdo, entonces fuerzas chocan y el cuerpo se desintegra en el prístino polvo del cual se hizo.

Tú has bendecido Tu tierra, Tus montañas y Tus ríos con sustancias curativas; éstas permiten a Tus criaturas aliviar sus sufrimientos y curar sus enfermedades. Tú has dotado al hombre con la sabiduría para aliviar el sufrimiento de su hermano, a reconocer sus desórdenes, a extraer las sustancias curativas, a descubrir sus fuerzas y prepararlas y aplicarlas corno mejor sea posible en cada enfermedad. En Tu Eterna Providencia, Tú me has elegido para velar sobre la vida y la salud de Tus criaturas. Estoy ahora listo a dedicarme a los deberes de mi profesión. Apóyame, Dios Todopoderoso, en estas grandes labores para el beneficio de la humanidad, pues sin Tu ayuda ni la mínima cosa no tendrá éxito.

Inspírame con amor por mi arte y por Tus criaturas. No permitas que la sed de ganancias o que la ambición de gloria y admiración, hayan de interferir en la práctica de mi profesión, pues éstas son los enemigos de la verdad y del amor a la humanidad, y pueden descarriar en el noble deber de atender el bienestar de Tus criaturas. Sostén la fuerza de mi cuerpo y de mi espíritu a fin de que esté siempre dispuesto con ánimo a ayudar y a sostener al rico y al pobre, al bueno y al malo, al enemigo como al amigo.

Has que en el que sufre, yo no vea más que al hombre. Ilumina mi mente para que reconozca lo que se presenta y para que sepa discernir lo que está ausente o escondido. Que no deje de ver lo que es visible, pero no permitas que me arrogue el poder de ver lo que no puede ser visto; pues delicados e infinitos son los límites del gran arte de preservar las vidas y la salud de Tus criaturas. No permitas que me distraiga.

Que ningún pensamiento extraño desvíe mi atención de la cabecera del enfermo o altere mi mente en sus silenciosas labores, pues grandes y sagradas son las reflexiones requeridas para preservar las vidas de Tus criaturas.

¡Dios Todopoderoso! Tú me has elegido en Tu misericordia para velar sobre la vida y la muerte de Tus criaturas. Ahora estoy listo para practicar mi profesión. Ayúdame en este gran deber para que así se beneficie la humanidad, pues sin Tu ayuda ni lo más mínimo tendrá éxito".