domingo, 6 de octubre de 2013

El día en que me volví invisible


“ No sé a como estamos”. En esta casa  no hay calendarios y en mi memoria los hechos están hechos una maraña. Me acuerdo de aquellos calendarios grandes, unos primores, ilustrados con imágenes de los santos, que colgábamos al lado del tocador, ya no hay nada de eso, todas las cosas antiguas han ido desapareciendo. Y yo, yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta. Primero me cambiaron de alcoba, pues la familia creció. Después me pasaron a otra más pequeña aún, acompañada de una de mis biznietas. Ahora ocupo el cuarto de los trebejos, el que está en el patio de atrás.

Prometieron cambiarle el vidrio roto a la ventana, pero se les olvidó, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.

Desde hace mucho tiempo tenía intenciones de escribir, pero me he pasado semanas buscando un lápiz, y cuando al fin lo encontraba, yo misma volvía a olvidar dónde lo había puesto. A mis años, las cosas se pierden fácilmente; claro que es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque yo estoy segura de tenerlas, pero siempre desaparecen.

La otra tarde caí en cuenta de que también mi voz ha desaparecido. Cuando les hablo a mas nietos o a mis hijos, no me contestan. Todos hablan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos escuchando atenta lo que dicen. A veces intervengo en la conversación, segura  de que lo que voy a decirles no se le ha ocurrido  a ninguno y les va a servir de mucho mis consejos. Pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces hago así, de pronto, para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta de que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón. Pero nadie viene.

El otro día les dije que cuando me muriera entonces si me iban a extrañar. El nieto más pequeño dijo: “ Y es que estas viva abuela?…Les cayó tan en gracia, que no paraban de reír. Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entró uno de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos días me dio. Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible. Me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo, me miran, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme. Los niños corren a mi alrededor, de uno a otro lado, sin tropezar conmigo.

Cuando mi yerno se enfermó, tuve la oportunidad de serle útil; le lleve un té especial que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara. Sólo que estaba viendo televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té poco a poco se fue enfriando. Mi corazón también.

Un viernes se alborotaron los niños y me vinieron a decir que al día siguiente nos iríamos todos de día de campo. Me puse muy contenta… -Hacía tanto tiempo que no salía y menos al campo- El sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar las cosas con calma, los viejos nos tardamos mucho en hacer cualquier cosa, así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos. Al rato entraban y salían de la casa corriendo… echaban bolsas y juguetes al carro. Yo ya estaba lista y me paré en el zaguán para esperarlos.

Cuando arrancaron y el auto desapareció en medio del bullicio comprendí que no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el auto o porque la lentitud de mis pasos impediría que los demás corretearan a su gusto por el bosque. Sentí clarito como se encogió mi corazón, la barbilla me temblaba…apenas podía contener las ganas de llorar. Vivo con mi familia y cada día me hago más vieja, pero como cosa curiosa, ya no cumplo años…Nadie me lo recuerda…Todos están tan ocupados…Yo los entiendo, ellos sí hacen cosas importantes: Ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan…Yo ya no sé a que saben los besos…antes besuqueaba a los chiquillos, sentía un gusto enorme al tenerlos en mis brazos como si fueran míos…sentía la suavidad de su piel y su cálido aliento muy cerca de mí, la vida se metía en mi como un soplo…y hasta me daba por cantar canciones de cuna que no creía poder recordar…Pero un día mi nieta Laura, que acababa de tener un bebé dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños por cuestiones de salud…Ya no me les acerqué nunca más, no fuera a ser que pasara algo malo a causa de mi imprudencia…Tenía miedo de contagiarlos.

Sin embargo y aunque los quiero mucho, voy a causarles un último contratiempo, mañana que es Domingo y no estarán tan atareados van a encontrarse con una sorpresa…Tengo en mis manos el frasco de pastillas que voy a tomar y no lo suelto…con eso que todo se me pierde…Ah!


Lo haré en la sala para que me encuentren pronto…Dios quiera que tengan dinero para mi ataúd y no me guarden un mal recuerdo. Yo los bendigo a todos y los perdono, porque…que culpa tienen los pobres que yo me haya vuelto invisible? Les dejo este papel para que tomen sus precauciones…con tantas cosas que se inventan hoy estoy segura que habrá algo que puedan comprar para que siempre sean vistos y escuchados; para que el día de mañana no tengan que morirse estando muertos desde antes … como yo”